Ocurrió el 28 de enero de 1986. La NASA, el servicio espacial de los Estados Unidos, estaba tomando la delantera científica en la conquista del espacio. En 1969 había puesto hombres en la luna y seguía mirando la manera de seguir conquistando el espacio; ese día el Challenger, con siete tripulantes, estaba pronto a despegar, los ojos estaban fijos en aquel vuelo y sobre todo millones de niños, pues una de las astronautas era una profesora.

Como símbolo de poderío sobresalía el gigante Challenger en la torre de Cabo Cañaveral, hoy cabo Keneddy; se encendieron los motores y pronto, en majestuoso vuelo arrancó la nave, todos aplaudían y sonreían, pero de repente a los 75 segundos de vuelo un estallido paralizó a millones de televidentes: la nave había explotado en miles de pedazos y los siete ocupantes perdieron la vida, incluyendo la maestra laureada.

Muchos hablaron del fin de la era espacial de EE. UU., de un fracaso doloroso, de un freno a la conquista humana del espacio; la ciencia se estremeció y el horizonte se oscureció. Es verdad que se hizo una larga pausa para revisar y seguir en el programa señalado por la NASA. Poco a poco se volvieron a anunciar nuevos vuelos y hoy, 40 años después de la tragedia, se habla de volver de nuevo a la luna y hay serios proyectos para poder llegar algún día a Marte, aquel planeta rojizo y encantador. En este proyecto, inclusive hay una científica colombiana en el impulso del anhelado día.

Lo anterior reafirma lo que todos sabemos y a la vez olvidamos: el fracaso existe, la derrota es realidad, a veces los proyectos parecen desaparecer o hacerse imposibles, los desalientos tocan la puerta, los anhelos desaparecen, los golpes de la adversidad hieren el ímpetu vital y así vemos caer gigantes ideas, desvanecerse matrimonios, deshacerse ideales.

Es verdad, la vida tiene caídas, fracasos, oscuridades, dolorosas injusticias, golpes que llegan de quien menos se piensa, traiciones groseras, amores heridos, persecuciones infames, desprecios hirientes, latigazos sangrantes.

Es el momento de volver, reiniciar, replantear, sacar fuerzas, creer en que existe la luz, la nueva posibilidad, el mejoramiento de los pasos a seguir, la llamada conversión, regreso a la verdad, la bondad, la belleza de vivir.

Es saber que en cada uno se puede realizar lo que en Jesús de Nazareth. De una traición, condena injusta y atroz en violencia, de una tumba oscura puede surgir nueva vida, novedosa fuerza, lo que podemos llamar resurrección. Cada fracaso puede llegar a ser un trampolín para volar más alto.